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26/05/2008 PARÍS - Jueves, 22 de Mayo de 2008La última mañana nos despertamos más tarde que los otros días, a pesar de haber dormido más. Preparamos nuestras mochilas, pasamos a saludar al “mustachón” y dejamos la Residance Bourgogne. Eran ya las h 10.30 y el autobús hacia Beauvais salía a las h 16.35. Decidimos completar nuestra visita siguiendo el trayecto hacia la estación, así que desayunamos en un bar del Boulevard Bonne Nouvelle y tomamos el Boulevard Haussmann. La primera etapa, poco antes del mediodía, fue en las Galeries Lafayette, en el número 40 del boulevard: edificio antiguo, tiendas de un estilo a mi ver eccesivamente elegante. Al salir, nos dimos cuenta que ya habíamos pasado la calle que llevaba a la Opéra Garnier, así que cortamos por la siguiente, la Rue Auber y la alcanzamos. Nos quedamos solo un rato, hicimos alguna foto, descansamos del sol y del cargo de nuestros bagajes y tomamos el Boulevard des Capucines hasta La Madelaine, imponente iglesia que no nos gustó. De allí, por la pequeña Rue Royale, alcanzamos la Place de la Concorde, almorzamos en les Champs-Élysées Clemenceau, frente al Palais de L’Élysée y seguimos precisamente a través de los Champs-Élysées hacia la Place Charles de Gaulle, parando en el medio en un Prix para tomar un zumo de naranja. Tardamos menos de lo que pensaba, así que, recurrido el último tramo, la Avenue de la Grande Armée, a las h 15.10 ya estábamos en Porte Maillot, en la estación de autobuses en frente del Palais des Congrés de París. Comprados los billetes para ir al aeropuerto, quedándonos todavía mucho tiempo, entramos en el palacio, nos sentamos en un bar y tomamos algo. Dejamos París a las h 16.30, llegamos temprano al aeropuerto, pequeño y medio vacío, donde tuvimos que esperar más que dos horas el avión, que igualmente salió sin retrasos, levándonos en Madrid antes de la noche .25/05/2008 PARÍS - Miercoles, 21 de Mayo de 2008El Miercoles 21 fue tal vez el día más intenso. Nos despertamos a las h 9.30 y, como de costumbre, salimos a buscar un bar para desayunar. Lo del día anterior nos había gustado mucho, pero quisimos variar. Eligimos uno que el día anterior habíamos descatado, el Le Cerceau, al nº 129 del Boulevard de Sébastopol, pero no fue un buen cambio. Con el estómago lleno y bien despiertos, bajo el solo del día más caluroso de nuestra estancia, bajamos hasta la Place du Châtelet y tomamos el Quai du Louvre, dirigiéndonos directos a por el Musée du Louvre: algo impresionante, desde que empiezan sus muras, hasta entrar en el Cour Carrée, pasar el primer átrio y ver aparecer las tres pirámides. Hicimos fotos, pero pronto nos dirigimos hacia la pequeña fila por la entrada en la pirámide, apurándonos, ya que acababan de pasar las h 11.30. No creía que se entrara por allá, pero así es: se baja por unas escaleras mecánicas, llegando a un amplio patio, donde gente de cualquier edad, cultura y raza se mueve, sale y entra, pide informaciones, se mira a su alrededor encantada. Nosotros, cámara de fotos siempre activa, tomamos un mapa (en español) de la instalación, compramos las entradas (9.oo €, sin diferenciación de edad, pero lo bueno es que el Miercoles y el Viernes cierra a las h 21.30 y no a las h 18.00 y, si se entra después de las h 18.00, no se paga, además de que en todo el día se puede salir y entrar con el mismo billete). El museo se divide en tres salas (Denon, Sully y Richelieu) y cada una a su vez se extiende sobre cuatro plantas (entresuelo, planta baja, 1ª planta y 2ª planta). Nosotros fuimos inmediatamente a por La Gioconda: 2ª planta de la sala Denon. Al entrar, nos encontramos con un señor italiano que nos pidió donde estaba la Venus de Milo, consultamos el mapa, se lo expliqué y seguimos. De paso vimos residuos y esculturas de origen tan italiano como griego, fijándonos en particular en la Victoria de Samotracia, que llamaba la atención por estar muy céntrica en el medio de una concadenación de escaleras y, obviamente, por faltarle la cabeza . . . . . Nos detuvimos mucho en los pasillos de la 2ª planta, observando varias pinturas que llamaban la atención de mi novia o la mía, como por ejemplo Le Redeau de la Meduse de Géricault. Pero enseguida encontramos lo que buscábamos: la obra maestra de Leonardo da Vinci se encontraba aislada en una sala, decenas de personas a su alrededor hacían de ella la verdadera star del museo; me llamó la atención el hecho de que es la única pintura en estar bajo vidrio, además con unas cuerdas de recinción para que nadie se acerque demasiado; también me llamó la atención su dimensión, me la figuraba más grande; pero, sobre todo, me llamó la atención ella, su belleza, su oscuridad interior. Nos detuvimos un buen rato, después seguimos, recurriendo más que pudimos, llegando hasta la planta más alta. Salimos a las h 15.30, para seguir con el programa del día, pero con toda la intención de volver antes del cierre diario.
Almorzamos en el Jardín des Tuileries, descansamos en el césped, disfrutando del lindo día primaveral, después nos pusimos en marcha, todo derecho, enfrente, superada la Place de la Concorde, se desplegaban los Champs-Élysées: los recurrimos sin parar, me pareció larguísimo llegar hasta el Arc de Triomphe de la Place Charle de Gaulle. Allí bajamos por la Avenue de Iéna, pasando por enfrente del Musée Guimet y el Palais de Chaillot de la Place de Varsovie, atravesamos el Pont d’Iéna y allí estaba, en toda su inmensidad, la Tour Eiffel. Sin perder más tiempo, nos pusimos enseguida en cola. Fue una espera interminable, pero por fin pudimos llegar a la taquilla. Subimos al ascensor que nos llevó a la segunda planta: la subida fue impresionante, para mi una mezcla entre la belleza del panorama y el miedo a la altura. Cuando pusimos píe en dicha planta para dirigirnos hacia el otro ascensor, no dejaba de agarrarme a cualquier cosa, buscando no mirar abajo, intentando estar cuanto más posible en lo interior. Si esa fue mi reacción a la primera subida, fácil imaginar la que fue al subir hasta arriba, a 300 metros desde el suelo . . . Cuando llegamos, mi preferencia estaba hecha: prefiera verla desde abajo la Tour Eiffel . . . . . Hicimos un par de fotos, pero enseguida regresamos. Al esperar el ascensor, un grupo de italianos, gente mayor, se tiró adelante de todo el mundo, sin respetar la fila . . . ¡Hay que hacerce reconocer en todo el mundo! Antes de la segunda bajada, esperamos a que ellos se fueran y, mientras tanto, fuimos a la tienda de souvenirs. Poner los píes en el suelo fue una sensación estupenda, pero estuvo bien todo: no se puede ir a París y no subir a la Tour Eiffel.
La idéa, a este punto, hubiera sido la de volver al Louvre, pero mi novia se sentía muy cansada, así que imbocamos el Quai de Grenelle y tomamos el Metro hasta Strasbourg St.-Denís y regresamos al hostal. Decidimos quedarnos en casa y no acostarnos muy tarde, ya que al día siguiente nos esperaba el viaje de vuelta. Por eso anulamos el plan de ir a un restaurant que habíamos elegido entre los que estaban en nuestra guía. Salimos para cenar a los h 23.50 (después de que terminara la final de la Champions League), pero todos los restaurantes de la zona estaban cerrados. Remediamos con unas crepes.
24/05/2008 PARÍS - Martes, 20 de Mayo de 2008
El Musée d’Orsay fue en su origen una terminal de ferrocarril en estilo “beaux-arts” construida a comienzos del siglo XX; se cerró por mótivos económicos en el año 1939 y, entonces, fue amenazada por los bulldolzers de las imobiliarias hasta la década de 1970, cuando se salvó gracias a la presión popular; finalmente se habrió como museo en 1986 y en la actualidad se divide en tres plantas que acogen el conjunto de las Bellas Artes del período 1848-1914. No es muy grande, pero es fornido de todo tipo de comfort para que uno pueda aprovecharlo de la mejor manera. En las dos-tres horas que nos quedamos, buscamos ver lo máximo posible, seleccionando según los gustos (de Valeria), aunque yo varias veces paré a descansar. Pudimos disfrutar de un linda vista de la zona desde una terraza habilitada, donde aprovechamos también para comer algo. Antes de salir, pasamos por la librería, donde mi novia se compró un par de libros. Seguimos nustro día de visitas pasando por detrás del museo, pusiéndonos en unas callecitas poco frecuentadas para evitar seguir siempre las mismas rutas. Inicialmente pensábamos dirigirnos hacia el Quartier Latin, para después volver a subir con destino la Ile de la Cité, pero nos atardamos (también almorzamos en la zona), así que decidimos finalmente tomar el camino más rápido e ir directos a Notre Dame. La islita se presentaba bastante movida, muchísimos turistas de toda edad entraban y salían de la Cathedral. Nosotros ni la miramos, sino que fuimos directamente hacia unas toilettes públicas . . . No hubo que esperar casi nada para entrar en Notre Dame, en la iglesia: dimos unas vueltas, yo vi unos curas que estaban confesando y decidí agregarme, después de unos tres años pecando sin pedir perdón. Lo admito, fue solo las ganas de hacer la experiencia a empujarme, pero está bien así. Lo que sí, es que encontré un sacerdote bastante cerrado, que desaprovechó mi buena predisposición y no me hizo arrepentir de mi prolongada astinencia. También quisimos salir a la torre, a ver los gárgolas desde cerca, pero, aunque cerraba a las h 18.45 y solo eran las h 17.30, no nos dejaron por ser demasiado tarde. Así que salimos de la isla, alcanzamos la Place du Châtelet y volvimos al hostal. Después de ducharnos, descansar y terminar de ver nuestra película (que, por la crónica, es Mars Attacks!), salimos a comer algo, dirigiéndonos a un kebab cercano. De allí, a través de la Rue de Faubourg St.-Martín, llegamos al Boulevard de Magenta, lo percurrimos todo, superando la Gare de l’Est y la Gare du Nord, y cruzamos a la izquierda, tomando el Boulevard de Rochechouart, en Montmartre. La lejana visión nocturna de la Basilique du Sacré Coeur es encantadora, tal vez lo mejor que he visto en París. Alcanzamos la basílica en funicular, encontrándonos en frente de una escena que, pese a su familiaridad, no dejó de sorprendernos: muchos chicos y chicas jovenes haciendo botellón, cercezas y sigarrillos tirados en todos lados, un grupo cantando bajo las notas de la guitarra que uno de ellos tocaba. Nada diferente a Madrid, si no fuera que nos encontrábamos en las escaleras de una de las iglesias más importantes, bonitas y grandes del mundo. También desde allí se podía aprovechar de un panorama capáz de cortar el aliento (a mi me cortaba también las piernas, en el sentido que la altura me las hacía temblar . . .), lo de toda París, con sus luces y sus monumentos. Hubiera estado bueno visitar ese barrio también de día, pero no hubo tiempo. Nos quedamos un rato allí, entre la joventud parisina, que nos pareció sinceramente más sana, alegre y racional que la de Madrid (pero tal vez fue la impresión de una vista fugáz, sin embargo los parisinos no tienen buena fama), después bajamos (andando, ya que la funicular había cerrado), encaramos el Boulevard de Clichy, donde al nº 82 está instalado el mítico Moulin Rouge. En el trayecto, nos enteramos de que cada cinco metros hay un sexy-shop (y el Musée de l’Erotique), alternados solo por kebab, una calle realmente singular, que, lejos de asquearme, aumentó la intriga, que llegó a su zenit cuando aparecieron las palas rotantes del mulín, templo del can-can, de historias y de leyendas. Lo vimos solo desde afuera, ya que 1) era tarde y los espectáculos habían terminado, 2) si así no fuera daría igual, ya que la entrada más barata sale 77.oo €. Nos limitamos a admirarlo, a ver la gente salir y comentar (también habían italianos y españoles), a hacer fotos. Después entramos en un bar, Le Palmier, justo enfrente y tomamos vino, charlando y siguiendo en mirar. Nos fuimos a las h 2.30 de la madrugada, las calles vacías, tardamos casi una hora en volver, nos acostamos pasadas las h 3.30. 23/05/2008 PARÍS - Lunes, 19 de Mayo de 2008A las h 4.00 de la madrugada del Lunes pasado, yo y mi novia salimos de casa. En la puerta nos esperaba el Aerocity que nos llevaría al T4 del Aeropuerto de Barajas. Allí, sin pasar por las mesas del check-in (que, llevando solo equipaje de mano, ya habíamos hecho por Internet), nos embarcamos y, a las h 5.45, dejamos Madrid con un vuelo Ryanair (Ryanair 5442). Dos horas después bajamos del avión en el pequeño Aeropuerto de Beauvais, donde tomamos un autobus hacia París, llegando en Porte Maillot, donde se ubica el Palais des Congrés, alrededor de las h 10.00 de la mañana. Ayer, a las h 16.30, tomamos el mismo autobus, en el mismo lugar, pero hicimos el trayecto opuesto. Llegamos temprano en Beauvais, el avión (vuelo Ryanair 5445) despegó con inconsueta puntualidad (h 19.35), dejándonos en la Capital española antes de las h 21.30, para que pudiéramos entrar en casa como a las h 22.15. En el medio de ese viaje de ida y vuelta, cuatro días y tres noches en París, la largamente soñada París. Dejamos una Madrid lluviosa, la más fría de los últimos dos o tres meses, y los pronósticos del tiempo dejaban entrever parecidos horizontes en Francia. En efecto, al llegar, en París encontramos amenazantes nubes, pero la semana se ha revelada soleada y calurosa, así que hemos padecido solo el viento del Sena y el frío de la primera noche. De todos modos, en Porte Maillot tomamos la línea 1 del Metro (pedimos diez viajes, que no son con un solo billete como en Madrid, sino que son diez billetes síngulos) saliendo a la Place du Châtelet, al lado del río; allí tomamos el Boulevard de Sébastopol, nos perdimos un poco, pero en unos 40 minutos, a las h 11.00, llegamos al nº 15 de la Rue du Faubourg St. Martín, a la Residance Bourgogne (cuyo propietario, que un camarero llamaba “le moustachón”, también lleva un restaurante, el Le Bec Fin - Chez Said), donde alojamos; paramos solo para dejar nuestras cosas y pagar la cuenta, antes de salir a pasear. Armados de nuestras guías (un mapón detalladísimo de toda la ciudad y una pequeña guía de bolsillo), buscamos un bar para desayunar y tomamos otra vez el Boulevard Sébastopol, percurriéndolo esta vez hacia abajo. Yo venía de un més entero pasado en cama a recuperarme de mi operación a la ingle, así que caminar tanto me costó, al precio de dolor a las piernas y a los píes. Considerando que era el primer día y habíamos pasado la noche insomne, pensamos solo pasear, sin un programa particular. La primera etapa fue la Ile de la Cité, donde pudimos admirar la Cathedrale de Notre Dame y la ocasional “Feria du Pain”, que obviamente probamos con suma satisfacción (también porqué el hambre empezaba a llamar). Notre Dame, por lo menos las fachadas extreriores, nos dejó algo de insatisfacción: nos la esperábamos más grande e imperiosa. De allí, volvimos a cruzar el Sena y percurrimos el Quai du Luvre, para llegar precisamente al Louvre, quedando encantados por sus dimensiones y su belleza, avanzando con la esperanza de alcanzar con la vista la Pyramide de cristal que tanta ilusión hace. Almorzamos en el césped del Jardín des Tuileries, comprando comida en un quiosco ambulante de la cadena Paul: quiche lorraine, flan normande, pain au chocolat, pizza royal. Seguimos hasta la Place de la Concorde, pero renunciamos a los Chaps-Élysées, sino que tomamos el Pont de la Concorde y, a través del Quay Anatole France y del Quay d’Orsay, llegamos a la Tour Eiffel: ya la habíamos vista desde lejos, antes de que desapareciera de la vista por la presencia de los edificios y los arboles, realmente numerosos, en una ciudad que tiene mucha más vegetación que Madrid; la vimos aparecer nuevamente de repente, esta vez muy cercana, antes solo a mitad, avanzando nos la encontramos entera en su grandeza y belleza. Hicimos fotos, la rodeamos, la admiramos y nos prometimos volver el Miercoles para subir hacia la punta. Ese día estábamos demasiado cansados para aguantar la fila y la emoción, así que nos quedamos un rato más, antes de pasar el río por el Pont d’Iéna hacia al Palais de Chaillot, comprar unas postales y tomar el Metro en la Place de l’Alma (línea 9), que nos llevó directamente a Strasbourg-St. Denís, cerca de la Place de la République, a dos pasos del hostal. Hicimos la compra (el departamento, unos 12-15 metros cuadrados, tenía también cocina, nevera, toilette y, básico, conección wireless), descansamos, fuimos a conocer al "moustachón", comimos algo y salimos. Salimos solo para caminar un poco, aguantando el dolor a los píes y el frío (yo tuve la genial idéa de salir sin chaqueta), anduvimos por las callecitas cercanas, tomamos un zumo de naranja en el Jip’s Bar Afro Cubain de la Rue St. Denís nº 41 y volvimos a dormir y preparar un nuevo día en París. 15/05/2008 SAN ISIDRO7/05/2008 15 DÍAS DESPUÉSLunes, 5 de Mayo de 2008, h 15.10 – Otro fin de semana ha pasado, el primero del més de Mayo. El Sábado vino a visitarme Flavia, ayer vino Gianluca, mientras que hoy fui yo en salir, para ir al Centro de Salud Palma-Northe para que me quitaran los puntos, casi dos semanas después de la operación. El día mejor fue lo de ayer, con una agradable tarde de fútbol, entre radio, televisión e internet. [...]
Miercoles, 7 de Mayo de 2008, h 16.06 – Es una Madrid calurosa la que se presenta en esta primera semana de Mayo. Ahora mismo no pasamos de los 23ºC, pero ayer y anteayer a esta misma hora se alcanzaban los 28ºC. Mi herida, sin puntos, sigue mejorando, aunque siento a veces dolores. Estoy disminuyendo la suministración de medicamientos, uno a partir de mañana ya no lo tomaré más (por la simple razón que solo me queda una píldora, que voy a tomar precisamente hoy), me cuesta un poquito andar, al hacerlo mucho me dan pequeñas molestias en el ingle y me agarra cansancio en las piernas, sobre todo en la izquierda, pero creo que en una semana estaré en buenas condiciones. Creo.Esta mañana, con María Valeria, hemos ido al I.N.E.M. de la Calle General Pardiñas nº 5. Por primera vez desde que me operaron he salido del barrio. Hemos ido para preguntar si me corresponde el paro o si me corresponde alguna ayuda por desempleo en caso de baja médica: me correspondería si, en los últimos cinco años, hubiera trabajado al menos seis meses, por la precisión 180 dias. Y yo, ¿cuanto he trabajado? En teoría, habría que contar 194 días en el último año (anteriormente, por los estudios, nunca había trabajado), pero la práctica es otra cosa. La práctica dice que el primer día de formación de Mutua Madrileña no me lo pagaron, así como no me pagarán ninguno de los cinco días de formación de CATSA, así como trabajé en negro sea los quince días de formación que los tres de trabajo con Bruno Caruso. [...]
Total: 170 días (espero no haber hecho errores al contar o al escribir las cifras). Cuando se dice la mala suerte . . . . . |
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